La Real Escuela Andaluza del Arte Ecuestre: donde el caballo baila por bulerías
Hay algo que solo se entiende viéndolo: un caballo cartujano de setecientos kilos ejecutando una pirueta con la ligereza de una bailaora en mitad de una soleá. Las patas delanteras suspendidas en el aire, el jinete apenas moviendo las manos, y ese silencio denso del público que contiene la respiración antes de romper en aplausos. Eso es lo que ocurre en la Real Escuela Andaluza del Arte Ecuestre, en el corazón de El Puerto de Santa María, donde la doma clásica dejó de ser deporte hace siglos para convertirse en algo mucho más difícil de explicar: arte vivo.
Cuatro siglos y medio a lomos de la historia
La relación entre El Puerto y el caballo no empieza con la Escuela. Viene de mucho antes. Los monjes cartujos del Monasterio de la Defensión ya criaban caballos en el siglo XV, seleccionando las mejores yeguas y sementales hasta dar forma a la raza cartujana, considerada la estirpe más pura del caballo andaluz. Aquellos frailes no buscaban velocidad ni fuerza bruta: buscaban nobleza, temple y una capacidad casi sobrenatural para entender al jinete.
Cuando en 1973 Álvaro Domecq Romero fundó la Real Escuela en el Palacio del Recreo de las Cadenas, no estaba inventando nada. Estaba poniendo techo y nombre a algo que llevaba siglos ocurriendo en las fincas, los cortijos y las dehesas de la Bahía de Cádiz. La diferencia es que ahora el mundo podía verlo.
El Recreo de las Cadenas, ese palacio del siglo XIX rodeado de jardines franceses que parece sacado de otra época, resultó ser el escenario perfecto. Sus caballerizas, sus picaderos al aire libre con la luz de la bahía filtrándose entre los árboles, sus patios donde huele a cuero y a heno — todo contribuye a una atmósfera que no se fabrica, que solo da el tiempo.
La doma como cante jondo
Quien haya visto un espectáculo de la Escuela sabe que aquí pasa algo distinto. No es circo. No es competición. Es una conversación silenciosa entre jinete y caballo que recuerda, y mucho, al duende del flamenco. No es casualidad que el espectáculo estrella se llame “Cómo Bailan los Caballos Andaluces” y que la música que acompaña a los ejercicios sea, precisamente, música española: guitarras, palmas, compás.
Los caballos ejecutan movimientos que llevan nombres antiguos — la courbette, la levade, la capriola — heredados de la alta escuela europea pero interpretados aquí con un aire distinto, más cálido, más cercano. Los jinetes visten trajes cortos tradicionales, con chaquetilla caireles y sombrero de ala ancha. No hay nada de atrezo: es la ropa que se lleva en el campo andaluz desde hace generaciones.
Lo que más impresiona es el silencio. En los momentos de máxima tensión, cuando el caballo se eleva sobre sus cuartos traseros y se sostiene en el aire como desafiando la gravedad, no hay música. Solo el resoplido del animal, el crujido del cuero y esa quietud que precede a lo extraordinario. Es el mismo silencio que se hace en una peña flamenca justo antes de que el cantaor se arranque por seguiriyas.
Donde vivir esta cultura hoy
La Escuela no es un museo. Es un centro vivo donde cada mañana, de martes a sábado, los jinetes entrenan con sus caballos en sesiones abiertas al público. Ver un entrenamiento es, para muchos, más revelador que el propio espectáculo: se percibe el trabajo, la repetición, la paciencia infinita que requiere enseñar a un animal de media tonelada a moverse como si no pesara nada.
Los espectáculos de “Cómo Bailan los Caballos Andaluces” se celebran los martes y jueves a mediodía, y son una experiencia completa: exhibición de enganches, doma vaquera, trabajo a la mano y el carrusel final, donde varios jinetes y caballos ejecutan coreografías sincronizadas que quitan el sentido.
Pero hay otra forma de conocer la Escuela que pocos turistas descubren. Los paseos por los jardines, las visitas al Museo del Enganche con su colección de carruajes de los siglos XVIII y XIX, las guarnicionerías donde los artesanos siguen trabajando el cuero a mano. Y si se tiene la suerte de coincidir con alguno de los concursos de doma o exhibiciones especiales que se organizan a lo largo del año, se accede a un mundo que normalmente queda reservado a los entendidos.
Información práctica
- Dónde: Avenida Duque de Abrantes, s/n. El Puerto de Santa María. El Palacio del Recreo de las Cadenas está a diez minutos andando del centro.
- Espectáculos: Martes y jueves a las 12:00h (consultar calendario en temporada baja). Duración aproximada: 1 hora 30 minutos.
- Entrenamientos: De martes a sábado, de 11:00 a 13:00h. Entrada reducida.
- Entradas espectáculo: Desde 15€ (general) hasta 27€ (preferente). Niños menores de 3 años gratis.
- Visitas guiadas: Disponibles con reserva previa. Incluyen recorrido por caballerizas, museo y jardines.
- Cómo llegar: Desde Cádiz, tren de cercanías hasta El Puerto (30 minutos). Desde Jerez, autobús o coche (15 minutos).
El momento mágico
Hay un instante, siempre el mismo, que separa a quien ve un espectáculo ecuestre de quien lo siente. Ocurre hacia el final, cuando las luces bajan y un solo caballo entra en la pista. Sin música. Sin narración. Solo el jinete, el animal y ese entendimiento que no se enseña en ninguna escuela porque viene de otro sitio — de las horas compartidas, de las mañanas de invierno entrenando con la niebla del Guadalete pegada a la arena del picadero.
En ese momento el caballo no obedece órdenes. Responde a algo más sutil: un cambio de peso imperceptible, una presión de la pierna que dura medio segundo, una intención que viaja del cerebro del jinete al cuerpo del animal por caminos que la ciencia aún no termina de explicar. Los viejos del campo lo llaman “tener mano”. Los flamencos dirían que tiene duende. En El Puerto, donde el caballo y el cante llevan siglos compartiendo territorio, nadie necesita ponerle nombre. Solo saben que, cuando ocurre, se les pone la piel de gallina.
La Real Escuela Andaluza del Arte Ecuestre no es una atracción turística más. Es el último lugar donde una tradición de siglos sigue respirando sin artificios, sin pantallas, sin atajos. Y está aquí, en El Puerto de Santa María, porque no podría estar en ningún otro sitio.
Álvaro Pacheco
Cronista CulturalLicenciado en Historia del Arte y melómano empedernido, Álvaro escribe sobre todo lo que se mueve en la escena cultural portuense. Exposiciones, teatro, conciertos, literatura... si tiene que ver con cultura en El Puerto, Álvaro lo ha visto primero.