Historia

Rafael Alberti y el mar: los rincones portuenses que inspiraron al poeta

19 de febrero de 2026
11 min de lectura
Rafael Alberti y el mar: los rincones portuenses que inspiraron al poeta

Rafael Alberti y el mar: los rincones portuenses que inspiraron al poeta

No es fácil explicar la gravedad de una obsesión que dura una vida entera. Rafael Alberti nació en El Puerto de Santa María el 16 de diciembre de 1902, pasó aquí sus primeros quince años, se marchó a Madrid a los 14, y nunca dejó de escribir sobre este puerto. Setenta y siete años después, cuando regresó a vivir aquí en 1977, ya era poeta, historiador, exiliado, un hombre que había cruzado continentes persiguiendo la memoria de un lugar que sus versos no habían dejado de evocar.

Recorrer El Puerto hoy es recorrer una geografía que late en la poesía de Alberti. No porque los poemas sean guías turísticas — que no lo son — sino porque cada calle, cada vista al agua, cada olor a sal y vino refuerza lo que Alberti vio como niño: la obsesión de un puerto, la forma en que un lugar puede moldear completamente la imaginación de una persona.

La casa en Calle Santo Domingo: donde empezó todo

En Calle Santo Domingo, número 25, en pleno casco antiguo portuense, está la casa donde Alberti vino al mundo. Una casona burguesa de finales del siglo XIX, en la zona de comerciantes y bodegueros acomodados. Hoy alberga la Fundación Rafael Alberti, que funciona como museo, archivo y espacio educativo dedicado a su obra y su vida.

No es accidental que la Fundación esté aquí. Alberti lo entendía así: su vida comenzó en esta casa específica, en esta calle específica. En La arboleda perdida, su autobiografía, abre directamente con los recuerdos de Santo Domingo: el olor de la casa, la devoción religiosa de su madre, la actividad mercantil de su padre, un comerciante de vinos con negocios en los almacenes cercanos. Desde las ventanas de esta casa se oía el movimiento del puerto, se veía el agua, se respiraba la vida comercial que vendía y exportaba el vino de la región.

Para cualquiera que visita El Puerto, Calle Santo Domingo es un punto de inicio natural. No solo por la Fundación, sino porque desde ahí se entiende el mapa mental de Alberti. Aquí estaba la familia. Aquí comenzaba su imaginación. Y desde aquí, caminando en cualquier dirección, se puede seguir el rastro de un poeta que nunca se marchó, aunque su cuerpo se fuera.

Calle Luna y Calle Ancha: las calles de la infancia

Las calles principales del casco antiguo portuense — Luna y Ancha — son donde transcurría la vida cotidiana de Alberti niño. No eran paseos de ocio: eran las rutas que conectaban la casa familiar con la escuela, con las iglesias de la devoción de su madre, con los almacenes de vino de su padre. Calle Luna, “la calle de la luna”, lleva un nombre que no es casual en la obra de Alberti. La imaginería lunar permea Marinero en tierra, su primer libro publicado en 1924. Lunas que se reflejan en el agua, noches de puerto iluminadas por la luz de la luna, la melancolía romántica del brillo plateado sobre olas.

¿Nombró directamente Alberti la calle en sus poemas? No es seguro. Lo que sí es cierto es que el tránsito cotidiano por estas calles, el acceso visual y físico que tenían al puerto, la lógica de la geografía urbana — todo eso está codificado en cómo Alberti escribe sobre el espacio, sobre la separación, sobre la posibilidad de estar junto al agua y aún así estar separado de ella.

Calle Ancha, la calle ancha del viejo puerto, también representa algo importante: el contraste entre el espacio privado de la casa y el espacio público, comercial, de la ciudad. La exposición. La visibilidad. El puerto es un lugar donde todo sucede a la vista: se cargan barcos, se negocian negocios, circula gente. Para un niño, especialmente para un niño cuya madre era intensamente religiosa y cuyo padre era un hombre de negocios, estos contrastes eran evidentes. El espacio público de Calle Ancha, con su tráfico mercantil, su amplitud, su luz, contrasta con lo doméstico de Santo Domingo.

Plaza del Castillo: el corazón cívico

La Plaza del Castillo fue y sigue siendo el centro social y administrativo de El Puerto. Hoy alberga la Oficina de Turismo y varios edificios municipales. El castillo que da nombre a la plaza ya no existe, o existe solo en fragmentos, pero el nombre permanece — una memoria de defensa medieval en una plaza que en tiempos de Alberti era el epicentro de la vida pública.

Para un niño que observaba el mundo desde su casco antiguo, la plaza era el lugar donde la vida del pueblo se hacía visible: mercados, actos cívicos, congregaciones públicas. Es difícil leer precisamente cuánto Alberti escribió directamente sobre la Plaza del Castillo en sus poemas. Pero la importancia de la plaza pública — el espacio donde se puede ver y ser visto, donde la vida colectiva sucede — es una obsesión constante en su trabajo.

El puerto y el Guadalete: el corazón del obsesión

Pero ninguna calle tiene el peso del puerto mismo. El Guadalete es el río que crea el puerto natural de El Puerto. Desemboca en la Bahía de Cádiz en un estuario donde el agua dulce se mezcla con la sal. Es la geografía fundamental que Alberti nunca dejó de escribir.

El título de su primer libro — Marinero en tierra (Un marinero en tierra, un marinero en seco) — es una paradoja que solo puede existir en un puerto. Alberti creció rodeado de mar, de actividad marítima, de la cultura del agua. Los barcos mercantes cargaban y descargaban en los muelles. Su padre vendía vino que se exportaba por mar. El puerto era la puerta de salida de El Puerto. Y aún así, cuando Alberti se marchó a Madrid a los catorce años, se dio cuenta de que se había convertido en un marinero en tierra: alguien cuya imaginación estaba formada por el agua, la sal, la navegación, pero que vivía en un lugar seco e interior.

La obsesión de Marinero en tierra — publicada en 1924, cuando Alberti tenía veintiuno — es simple: la imposibilidad de retorno. No se puede regresar al punto de origen. No se puede deshacer el viaje. Lo único que se puede hacer es escribir sobre él desde la distancia, haciendo precisa la memoria hasta que cada detalle — cada calle, cada vista al agua, cada olor a sal — sea preservado en el ámbar del poema.

Cuando pasea hoy por El Puerto y llega al Paseo Marítimo, donde el Guadalete se expande hacia la bahía, está viendo lo que Alberti vio de niño. Está viendo el mismo río, la misma mezcla de agua dulce y salada. La arquitectura ha cambiado. Los barcos que se cargan hoy son diferentes a los de 1910. Pero el agua sigue siendo el agua. Y sigue siendo imposible.

Las salinas y los almacenes de vino: el paisaje económico

Al oeste del puerto, existen aún las salinas — los estanques de agua poco profunda donde se cosechaba la sal. En tiempos de Alberti eran parte integral de la economía portuense: la sal se cosechaba, se procesaba, se exportaba junto con el vino. Hoy algunas siguen en funcionamiento, otras han sido convertidas en reservas naturales.

Las salinas aparecen en la memoria de Alberti. En La arboleda perdida, describe el paisaje geométrico de los estanques, la luz que se refleja en el agua y los cristales de sal, el trabajo de la recolección. Es un paisaje donde la naturaleza y la industria humana coexisten de forma casi perfecta: los trabajadores cosechan la sal con métodos que han permanecido idénticos durante siglos, la geometría de los estanques es impuesta por la mano humana pero depende completamente del sol y del agua.

Para Alberti, las salinas representaban algo más que economía: representaban la frontera donde lo doméstico se encuentra con lo salvaje. Donde el trabajo humano rastrea patrones sobre la naturaleza. Donde se pueden cosechar los productos del agua sin necesidad de barcos — lo cual es, de cierta forma, una forma de marinero en tierra: extraer el valor de los océanos sin salir nunca de la tierra.

Y luego están los almacenes de vino — las bodegas. El padre de Alberti era comerciante de vino, lo cual significaba que el mundo del vino — el olor a fermentación, el sonido de los barriles siendo manipulados, el espacio cavernoso de los almacenes donde se envejecía el jerez — era parte del entorno cotidiano de Alberti. No es accidente que el vino aparezca una y otra vez en Marinero en tierra. No como decoración, sino como la sustancia misma de la economía de El Puerto. El vino era lo que se exportaba por el puerto. El vino era lo que hacía que El Puerto fuese importante.

La marcha y el exilio: la obsesión a distancia

Alberti se marchó de El Puerto en 1917, aproximadamente. Inicialmente a Madrid, donde estudió en academias de arte (era pintor además de poeta), luego, tras la Guerra Civil Española y el triunfo del fascismo, al exilio: primero Argentina (1939-1964), después Italia (1964-1977). Treinta y ocho años fuera de España.

Pero mientras estaba fuera, El Puerto no desapareció de sus poemas. Si algo, la distancia hizo más precisa la memoria. En Roma, escribiendo desde el exilio en los años sesenta, Alberti seguía escribiendo sobre la bahía de Cádiz, sobre el puerto de El Puerto, sobre la obsesión de estar separado del agua.

No fue hasta 1977, cuando ya tenía setenta y cuatro años, que Alberti regresó a vivir en El Puerto. Vivió aquí hasta su muerte en 1999. El círculo se cerró: origen, partida, exilio, retorno. Y el retorno confirmó algo que había sospechado durante cincuenta años: que la geografía no había cambiado lo suficiente para ser diferente, que el agua seguía siendo el agua, que la separación que un día lo convirtió en marinero en tierra era ahora reversible, aunque ninguno de sus poemas lo hubiera prometido.

Recorrer los rincones de Alberti hoy

Toda esta historia se puede caminar en El Puerto. No es un paseo guiado en el sentido turístico — no hay señales que digan “Alberti estuvo aquí” en cada esquina. Pero está: en la arquitectura del casco antiguo, en la vista del puerto desde Calle Luna, en el agua que todavía se mezcla en el Guadalete, en el olor a sal y a almacenes antiguos.

Lo que Alberti nos enseña es que un lugar no es simplemente un conjunto de coordenadas. Es una obsesión. Es la forma en que te moldea como niño y cómo nunca dejas de escribir sobre ello. Es el marinero que queda en ti aunque vivas en tierra. Es el puerto que te sigue aunque te marches del puerto.

Cuando Alberti escribía Marinero en tierra a los veintiuno años, desde el exilio de Madrid, nunca pudo haber imaginado que pasaría el resto de su vida escribiendo sobre estos mismos rincones. Pero eso es lo que pasó. La geografía del muelle, de Calle Santo Domingo, del Guadalete, de las salinas, de los almacenes de vino — toda esa geografía se convirtió en el mapa completo de su imaginación poética.


Información práctica

Fundación Rafael Alberti

  • Ubicación: Calle Santo Domingo, 25, El Puerto de Santa María
  • Horario: Consultar en el sitio web actual (los horarios pueden variar según temporada)
  • Acceso: Centro histórico, a pie desde la mayoría de ubicaciones
  • Qué encontrarás: Museo de la vida y obra de Alberti, archivos, biblioteca especializada, exposiciones rotativas

Ruta de Alberti por el casco antiguo

  • Duración: 1-2 horas, a pie
  • Distancia: Aproximadamente 2 km
  • Dificultad: Fácil (terreno urbano plano)

Puntos de interés:

  1. Fundación Rafael Alberti (Calle Santo Domingo)
  2. Calle Luna y Calle Ancha (calles principales del casco antiguo)
  3. Plaza del Castillo (centro cívico)
  4. Paseo Marítimo y vistas del Guadalete
  5. Bodega histórica (consultar disponibilidad de visitas)

Lecturas recomendadas antes del viaje:

  • Marinero en tierra (Rafael Alberti, 1924) — Su obra maestra, disponible en varias ediciones españolas
  • La arboleda perdida (Rafael Alberti, Parte I 1959) — Su autobiografía con descripciones de la infancia en El Puerto
  • Guías de la Fundación Rafael Alberti (disponibles en el museo y en línea)

Mejor época para visitar:

  • Primavera (marzo-mayo) o otoño (septiembre-octubre) para el clima agradable
  • Semana Santa para la experiencia completa de la cultura portuense que Alberti conoció
  • Novembre para la festividad de Santa Cecilia, que conecta con la tradición musical del puerto que Alberti también vivió

Don Rafael Mendoza

Don Rafael Mendoza

Historiador Local

Catedrático jubilado y autor de tres libros sobre la historia portuense, Don Rafael ha dedicado su vida a documentar el patrimonio de El Puerto. Desde los fenicios hasta las bodegas centenarias, no hay piedra de esta ciudad que no conozca su historia.