Rafael Alberti y el mar: los rincones portuenses que inspiraron al poeta
Si mi voz muriera en tierra, / llevadla al nivel del mar / y dejadla en la ribera.
Esos versos — quizá los más conocidos de la poesía española del siglo XX — no nacieron de una idea abstracta sobre el océano. Nacieron de un lugar concreto: El Puerto de Santa María. De un niño que creció entre bodegas y marismas, que vio barcos mercantes desde las calles del casco antiguo, que respiró salitre antes de aprender a leer. Rafael Alberti no escribió sobre el mar como metáfora. Escribió sobre este mar. Sobre estas calles. Sobre la bahía que tenía a cincuenta metros de su casa.
Este artículo no es una biografía. Para la vida de Alberti en el exilio — sus trece años en Roma, su regreso en 1977 — ya existe otro relato en estas páginas. Esto es otra cosa. Esto es un paseo por los rincones portuenses que convirtieron a un niño en poeta, y a un poeta en voz universal.
Calle Santo Domingo, 25: donde todo empieza
El 16 de diciembre de 1902, en una casa de la calle Santo Domingo número 25, nació Rafael Alberti Merello. Su padre, Bartolomé Alberti López, era comerciante de vinos — uno más en una ciudad cuya economía giraba en torno a las bodegas y el comercio marítimo. Su madre, Purificación Merello García, era mujer de fe profunda, devota de un catolicismo que marcaría la infancia del poeta tanto como el mar.
La casa estaba en el corazón del casco antiguo, a pocos minutos a pie de la plaza principal y, lo que importa más, del agua. En El Puerto de principios de siglo, el mar no era paisaje de fondo: era la razón de ser de la ciudad. El puerto comercial, la desembocadura del Guadalete, las salinas, los barcos cargados de jerez camino de medio mundo — todo eso estaba ahí, a distancia de un paseo corto desde la puerta de casa.
Hoy, esa misma casa alberga la Fundación Rafael Alberti: un museo donde se conservan manuscritos, pinturas, libros y objetos personales del poeta. Pero en 1902 era simplemente el hogar de una familia de la burguesía vinícola portuense. Y el niño que nació allí aún no sabía que lo que veía cada día — el trajín del muelle, la luz del estuario, el olor a vino y sal — se convertiría en la materia prima de una de las obras más luminosas de la lírica española.
El puerto: la imagen que lo define todo
Si hay una sola imagen que explica la poesía de Alberti, es el puerto. No el puerto como concepto: el puerto de Santa María como experiencia física.
A principios del siglo XX, el muelle era un espacio de actividad constante. Barcos mercantes cargaban barricas de vino para exportar a Inglaterra, a América, a medio continente europeo. Los estibadores, los toneleros, los carreteros formaban un paisaje humano que un niño de la calle Santo Domingo habría visto casi a diario. El Guadalete, río mareal donde el agua dulce se mezcla con la salada, creaba un paisaje que cambiaba con cada marea — un flujo constante entre lo conocido y lo desconocido.
En Marinero en tierra, el poemario que le daría fama internacional, Alberti convertiría esa experiencia en verso:
El mar. La mar. El mar. ¡Sólo la mar! ¿Por qué me trajiste, padre, a la ciudad?
Esa pregunta — ¿por qué me trajiste, padre, a la ciudad? — no es retórica. Es autobiográfica. En 1917, cuando Rafael tenía catorce años, la familia Alberti se trasladó a Madrid. El padre buscaba mejores horizontes. El hijo perdió el mar.
El Guadalete, las salinas, las bodegas: la geografía sensorial
Pero el puerto no era el único rincón que formó al poeta. El Puerto de Santa María de principios del siglo XX ofrecía a un niño con ojos de artista un repertorio sensorial extraordinario.
El estuario del Guadalete era — y sigue siendo — el rasgo geográfico que define la ciudad. Río mareal, frontera líquida entre la tierra y la bahía de Cádiz, el Guadalete cambia de aspecto con cada hora. La mezcla de agua dulce y salada, el juego de reflejos, la presencia simultánea de lo fluvial y lo marino: todo eso aparece en la poesía de Alberti como imagen de dualidad, de tránsito, de cosas que no son una cosa ni la otra sino las dos a la vez.
Las salinas de Poniente, al oeste de la ciudad, eran otro paisaje habitual. Las balsas de evaporación — láminas de agua poco profunda donde el sol cristalizaba la sal — formaban una geometría de espejos bajo el cielo atlántico. La luz reflejada, los patrones geométricos, la actividad económica mezclada con la naturaleza cruda: Alberti recuerda este paisaje en La arboleda perdida, su autobiografía, como parte del mundo cotidiano de su infancia.
El barrio bodeguero era el mundo de su padre. Las naves enormes donde envejecía el vino de Jerez — los techos altos, la penumbra fresca, el olor penetrante de la madera y el mosto — constituían un universo sensorial propio. Para el hijo de un comerciante de vinos, las bodegas no eran monumentos: eran el lugar de trabajo de la familia. Ese contraste entre lo material del negocio paterno y lo espiritual de la devoción materna es una tensión que recorre toda la obra temprana de Alberti.
Las calles del casco antiguo — la calle Luna, la calle Ancha, las plazuelas que conectan el interior con el agua — conformaban el mapa diario de un niño que caminaba entre bodegas y muelle. Calles estrechas con vistas al agua al fondo, donde la brisa marina llegaba mezclada con el aroma del vino. Alberti las recorría antes de saber que un día las convertiría en literatura.
Y hay un detalle que a menudo se olvida: Alberti fue pintor antes que poeta. Su primera vocación fue la visual. Un niño con esa sensibilidad óptica, creciendo entre la geometría de las salinas, la luz del estuario y los volúmenes oscuros de las bodegas, no estaba solo viviendo un paisaje — lo estaba almacenando. Cada imagen que después aparecería en sus versos había sido primero una imagen vista con ojos de pintor.
Marinero en tierra: el libro que El Puerto dictó
En 1924, siete años después de dejar El Puerto, un joven de veintiún años publicó en Madrid un poemario breve, compuesto por poemas cortos de verso ligero, casi canciones. Se llamaba Marinero en tierra. Ganó el Premio Nacional de Literatura.
El título lo dice todo. Un marinero en tierra es alguien que pertenece al mar pero está atrapado en tierra firme. Es Alberti en Madrid, añorando El Puerto. Es el niño del casco antiguo convertido en joven poeta en una ciudad sin costa, escribiendo sobre olas que ya no puede ver.
La colección entera está construida sobre esa ausencia. Cada poema es una variación del mismo tema: el mar que falta, la sal que se recuerda, el viento que no llega. Y no es un mar genérico. Es el mar visto desde el muelle de El Puerto de Santa María. Es la bahía de Cádiz. Es el Guadalete desembocando en el Atlántico.
El poema más célebre del libro — y probablemente el más conocido de toda la obra de Alberti — es un ruego:
Si mi voz muriera en tierra, llevadla al nivel del mar y dejadla en la ribera.
Llevadla al nivel del mar y nombradla capitana de un blanco bajel de guerra.
¡Oh mi voz condecorada con la insignia marinera: sobre el corazón un ancla y sobre el ancla una estrella y sobre la estrella el viento y sobre el viento la vela!
Es un poema sobre la muerte, sobre la voz y sobre el mar — pero antes de todo eso, es un poema sobre un lugar. El «nivel del mar» no es una coordenada abstracta: es El Puerto de Santa María. La ribera es la ribera del Guadalete. El viento es el poniente que cruza la bahía de Cádiz.
Alberti tenía veintiún años cuando escribió estos versos. Llevaba siete fuera de su ciudad. Y lo que la distancia había hecho con su memoria no era borrarla: era afilarla.
La distancia como lupa
Esa lógica — cuanto más lejos, más nítido el recuerdo — definiría toda la vida de Alberti. En 1939, la Guerra Civil lo empujó al exilio. Treinta y ocho años fuera de España: primero Argentina, después Roma. Y durante todo ese tiempo, El Puerto siguió apareciendo en sus versos con una precisión que solo da la ausencia prolongada.
Las marismas, los toros pastando en las dehesas cercanas, el olor a vino fino en las calles de las bodegas, los colores del carnaval de su infancia: todo eso vivía intacto en su poesía mientras el propio Alberti envejecía a miles de kilómetros. La memoria, cuando se prolonga durante décadas, no se difumina. Se cristaliza. Como la sal en las balsas de las salinas de Poniente.
El regreso al mar
En 1977, con la democracia recién llegada, Alberti volvió a España. Tenía setenta y cuatro años. Se había ido a los treinta y seis.
Pudo haberse quedado en Madrid, donde estaba el reconocimiento, la vida cultural, los círculos literarios. Eligió El Puerto de Santa María. Volvió a las calles que llevaba seis décadas escribiendo desde lejos. Y allí se quedó.
Rafael Alberti murió el 28 de octubre de 1999 en la misma ciudad donde había nacido noventa y seis años antes. Por voluntad propia, sus cenizas fueron esparcidas sobre la bahía de Cádiz — sobre el mar que había sido el primer paisaje de su vida y el último verso de su obra.
La ruta de Alberti: un paseo por los rincones del poeta
Recorrer El Puerto con Alberti en la mano es una experiencia distinta a recorrerlo sin él. Los lugares siguen ahí. La lectura los transforma.
- Punto de partida: Fundación Rafael Alberti (Calle Santo Domingo, 25). La casa natal del poeta, hoy museo y archivo. Manuscritos, pinturas, libros, objetos personales. Entrada gratuita. Consultar horarios en la web de la fundación (rafaelalberti.com).
- El muelle y el paseo fluvial. Desde la Fundación, caminar hacia el agua lleva cinco minutos. El Guadalete sigue desembocando en la bahía como lo hacía en 1902. Los barcos mercantes ya no cargan barricas de jerez, pero la línea del horizonte — Cádiz al fondo, el mar abierto a la derecha — es esencialmente la misma que vio Alberti de niño.
- El casco antiguo. Las calles Luna, Ancha y Santo Domingo conservan su trazado original. Los edificios han cambiado, pero la escala, las proporciones, la relación entre la calle estrecha y el cielo abierto siguen siendo reconocibles. Pasear por aquí con Marinero en tierra en el bolsillo es entender de dónde salieron esos versos.
- Las salinas de Poniente (acceso a pie desde el centro o en coche). Requieren más esfuerzo logístico, pero la recompensa es visual: el paisaje de espejos de agua y geometrías de sal que Alberti conoció de niño sigue existiendo, ahora parcialmente protegido como espacio natural.
- Lecturas recomendadas para el paseo: Marinero en tierra (1924), para los poemas del mar; La arboleda perdida, para las memorias de infancia en El Puerto con la voz del propio Alberti.
El dato curioso
El título de las memorias de Alberti — La arboleda perdida — evoca, en su lectura más directa, un lugar concreto: una arboleda de la infancia portuense del poeta que fue destruida. El libro que cuenta su vida entera lleva por nombre un rincón desaparecido de El Puerto de Santa María. Incluso el título de su autobiografía es, en el fondo, un mapa.
Don Rafael Mendoza
Historiador LocalCatedrático jubilado y autor de tres libros sobre la historia portuense, Don Rafael ha dedicado su vida a documentar el patrimonio de El Puerto. Desde los fenicios hasta las bodegas centenarias, no hay piedra de esta ciudad que no conozca su historia.