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El Parque Calderón: historia y recuperación de las palmeras emblemáticas de El Puerto

18 de febrero de 2026
10 min de lectura
El Parque Calderón: historia y recuperación de las palmeras emblemáticas de El Puerto

El Parque Calderón: historia y recuperación de las palmeras emblemáticas de El Puerto

Haz una cosa. La próxima vez que cruces el Parque Calderón de camino al Ayuntamiento o a las tiendas de la calle Larga, para. No cinco minutos — treinta segundos. Siéntate en uno de esos bancos de madera, levanta la vista y mira las copas de los árboles. Escucha los pájaros. Siente cómo baja la temperatura dos grados nada más entrar bajo la sombra.

Eso que acabas de notar es un parque que lleva más de un siglo haciendo exactamente lo mismo: dar aire al centro histórico de El Puerto. Sin aspavientos. Sin pedir nada a cambio.

Dos espacios que se hicieron uno

Antes del Parque Calderón había dos sitios distintos. La Alameda, trazada hacia 1778 como paseo arbolado en plena época de expansión comercial de El Puerto, y el Vergel del Conde de O’Reilly. Dos paseos con vida propia, separados por unos metros y unas décadas de historia.

La Alameda no fue casual. En el siglo XVIII, las ciudades españolas con puerto y comercio activo se dotaban de paseos públicos — espacios donde la burguesía se dejaba ver, donde las familias paseaban al atardecer, donde el aire circulaba entre calles estrechas y casas apiñadas. El Puerto, que vivía entonces su apogeo como tierra de vino y comercio ultramarino, se lo podía permitir. Y se lo permitió.

En 1896, el ayuntamiento decidió unificar ambos espacios en un solo parque. No fue una gran revolución urbanística — fue sentido común. ¿Para qué dos paseos separados cuando puedes tener uno que respire de verdad? El resultado lleva el nombre de Severiano Ruiz Calderón, el responsable municipal que impulsó la reforma. Se inauguró en febrero de ese mismo año.

Lo que nació no era un parque de atracciones ni un jardín de postal. Era un lugar para estar. Para que las familias pasearan los domingos. Para que los jubilados leyeran el periódico a la sombra. Para que los enamorados caminaran en la tarde. Ciento treinta años después, sigue siendo exactamente eso.

Las palmeras que definían el parque

Si le preguntabas a cualquier portuense de cierta edad por el Calderón, lo primero que salía eran las palmeras. No los bancos, no los árboles de sombra, no la fuente. Las palmeras. Las Phoenix canariensis que formaban un corredor verde en el corazón del parque — algunos recuerdan palmeras que sobrepasaban los edificios que las rodeaban.

La palmera canaria es originaria de las Islas Canarias, pero durante los siglos XIX y XX se convirtió en el árbol ornamental por excelencia del sur de España. Robusta, de copa generosa, con ese tronco grueso que va acumulando las cicatrices de cada fronda caída — es un árbol que proyecta permanencia. No es el tipo de vegetación que plantas y olvidas. Es un compromiso de décadas. Necesita espacio, luz, cuidados constantes. Y a cambio te promete años de sombra, de presencia, de estabilidad. Es el tipo de árbol que miras y dices: esto estará aquí siempre.

Bajo ellas, el calor se transformaba. La sombra era densa, la brisa llegaba fresca, y en agosto flotaba ese olor a tierra húmeda que tiene un parque bien regado. El sonido de las frondas en días de poniente — un crujido suave, casi un susurro — era tan característico del Calderón como los bancos de madera o el bullicio de la calle Larga al fondo.

Generaciones enteras crecieron con esas palmeras como referencia. Primeras comuniones fotografiadas bajo su sombra. Paseos de novios. Tardes de abuelos con nietos señalando los pájaros que anidaban en las copas. El Calderón no era solo un parque — era parte de la memoria colectiva de la ciudad.

Hasta que dejó de estarlo.

El picudo rojo que nadie vio venir

A partir de 2008, el picudo rojo (Rhynchophorus ferrugineus) llegó a la Bahía de Cádiz. No fue un problema exclusivo de El Puerto — fue una crisis que arrasó palmeras en todo el Mediterráneo, desde el levante español hasta las costas italianas y francesas. Pero aquí, en un parque cuya identidad dependía de sus palmeras canarias, el impacto fue especialmente doloroso.

No es una plaga cualquiera. Es un insecto originario del sudeste asiático, casi perfecto en su capacidad destructiva. La hembra perfora el tronco, deposita sus huevos dentro y se va. Las larvas se alimentan de los tejidos internos, devorando el corazón del árbol durante meses. La palmera muere desde dentro — pero puede seguir verde, seguir dando sombra, seguir pareciendo sana semanas o meses después de estar condenada. Hasta que un día la copa se desploma.

Lo peor del picudo rojo es el silencio. No hay alarma visible. Los portuenses empezaron a notar que algo pasaba: una palmera que parecía extraña, otra que perdía frondas demasiado rápido, huecos donde antes había sombra. Pero no hubo un momento dramático. No hubo un antes y un después que pudieras señalar con el dedo. Fue una erosión lenta, silenciosa, que duró dieciséis años.

Entre 2008 y 2024, el corredor de palmeras del Calderón fue desapareciendo. Las madres señalaban dónde faltaban árboles. Los jubilados buscaban sombra donde ya no la había. Los fotógrafos notaban que sus imágenes del parque ya no tenían esos verdes verticales que lo definían. Pero la vida seguía, el parque seguía abierto, había otras noticias, otros problemas.

Y así, poco a poco, una generación entera creció sin conocer las palmeras del Calderón más que por las historias de sus mayores.

Veinte palmeras nuevas

En enero de 2026, el ayuntamiento actuó.

No fue una decisión nostálgica. Fue práctica, y merece la pena entender por qué. Las Phoenix canariensis originales eran precisamente las más vulnerables al picudo rojo, que sigue presente en la región. No se ha erradicado — se controla, con mayor o menor éxito. Repetir la misma especie en el mismo lugar sería repetir el mismo error esperando un resultado diferente.

En su lugar, eligieron 20 ejemplares de Phoenix dactylifera — la palmera datilera. No es una especie exótica ni una novedad paisajística: la datilera lleva siglos en el Mediterráneo, cultivada en la Península Ibérica desde la época de Al-Ándalus y presente históricamente en el paisaje de la Bahía de Cádiz. Es más resistente al picudo rojo, adaptada al calor seco y al viento, y tiene raíces profundas — literales y figuradas — en la historia botánica de esta tierra.

La primera fase cubrió el tramo entre el bar Santa María y el antiguo kiosco de Romerijo. Palmeras de unos tres metros de tronco — no plántulas, sino árboles ya formados, con presencia. No tardarán décadas en hacer lo que el parque necesita: dar sombra, crear atmósfera, devolver el carácter que se fue perdiendo. La decisión de plantar ejemplares adultos dice algo sobre la intención: esto no es un gesto simbólico para que lo disfruten nuestros nietos. Es una intervención para que la notes tú, ahora, la próxima vez que cruces el parque.

No es la opción romántica. No es recuperar exactamente lo que fue. Es la opción de quien ha aprendido algo: que a veces conservar el espíritu de un lugar significa cambiar lo que se planta en él.

Un Bien de Interés Cultural que funciona en silencio

El Parque Calderón tiene la designación de Bien de Interés Cultural desde 2004, en la categoría de Jardín Histórico. No porque tenga monumentos espectaculares ni fuentes famosas ni esculturas de renombre. Es BIC porque representa una idea: que una ciudad puede elegir tener verde en su centro. Que un espacio público no necesita ser grandioso para ser valioso — necesita ser útil.

Esa designación implica que cualquier intervención en el parque tiene que respetar el carácter histórico del conjunto. No se puede llenar de estructuras modernas ni cambiar su trazado ni convertirlo en algo que no fue. Las veinte palmeras nuevas tuvieron que encajar en esa lógica: restaurar, no reinventar.

Y el parque funciona. Funciona como pocos espacios públicos lo hacen en ciudades de este tamaño. Las terrazas de los bares se asoman a él. El Ayuntamiento está a un lado. Las tiendas del centro histórico lo rodean. La gente lo cruza, lo usa, lo habita — no como destino turístico, sino como parte de la rutina diaria.

Cuando aprieta el calor en agosto, la gente busca sombra y va al Calderón. Cuando los colegios salen, los niños juegan allí. Cuando los abuelos quieren aire fresco, se sientan en los bancos de siempre. Eso que parece banal es exactamente lo que hace que un espacio público valga la pena: no su espectacularidad, sino cómo resuelve, sin drama, la vida de la gente que lo rodea.

Cuándo ir y qué esperar

El Calderón está abierto todo el día, pero tiene sus horas.

MomentoQué encontrarás
Primera hora (7–9h)Poca gente, luz suave entre los árboles, jubilados con el periódico. La mejor hora para sentarte y estar
Media mañana (10–12h)Madres con niños, gente cruzando hacia el centro, actividad tranquila
Siesta (14–17h)Vacío en verano. Demasiado calor hasta para el parque. En invierno, luz bonita y calma
Atardecer (18–20h)La hora dorada. Sombras largas, aire que refresca, parejas paseando. El mejor momento para fotografiar

Y el viento, quillo, que en El Puerto siempre manda:

  • Con poniente: brisa suave del mar, temperatura agradable, el parque se disfruta en cualquier rincón. Días ideales.
  • Con levante: calor seco, el parque se convierte en refugio. Busca los bancos bajo los árboles más frondosos — la sombra aquí es de las mejores del centro histórico.
  • En calma: mañanas de invierno sin viento, con la luz entrando oblicua entre las ramas. Esos días el Calderón parece otro sitio.

Información práctica

  • Ubicación: Centro histórico de El Puerto de Santa María, entre la iglesia Mayor Prioral, el Ayuntamiento, la calle Larga y la Plaza de la Herrería
  • Acceso: Libre, sin restricciones. Abierto las 24 horas
  • Servicios: No hay baños públicos en el parque. Hay bares con terraza en el perímetro (usa los suyos). El plan de remodelación municipal prevé fuentes de agua potable, pero a fecha de publicación aún no están instaladas
  • Para familias: Actualmente no hay zona de juegos infantiles dedicada, aunque la remodelación en curso incluye una. Suelo llano, accesible, y espacio de sobra para que los niños corran
  • Cómo llegar: Si vienes del centro, ya estás. Desde fuera, cualquier ruta hacia el Ayuntamiento te deja a la puerta
  • Estado actual (febrero 2026): Primera fase de replantación completada — 20 palmeras Phoenix dactylifera. Las obras de remodelación integral están en curso

El tip del insider

El Parque Calderón no va a salir en ningún ranking de los 10 parques más bonitos de Andalucía. No tiene nada instagrameable. No va a ser tendencia. Y eso es exactamente lo que lo hace especial.

Ven un martes cualquiera a las ocho de la mañana. Siéntate en un banco cerca de las palmeras nuevas. Mira cómo El Puerto se despierta a tu alrededor: el camarero montando la terraza del bar Santa María, los primeros paseantes cruzando hacia la calle Larga, algún jubilado que lleva viniendo al mismo banco desde antes de que tú nacieras.

Esas palmeras nuevas que ves — las que todavía no dan la sombra que darán — son una promesa. Dentro de diez años habrán devuelto el corredor verde que se perdió. Dentro de veinte, los niños de hoy jugarán bajo su sombra como lo hicieron sus abuelos. Dentro de treinta, serán simplemente cómo es el parque. La normalidad. Lo que siempre ha estado ahí.

Eso es lo que hace un buen espacio público. No se hace notar. Solo está ahí, respirando, mientras la ciudad respira con él.


Isabel Reyes

Isabel Reyes

Exploradora Local

Isabel llegó a El Puerto hace veinte años y nunca dejó de descubrirlo. Conoce cada callejón con encanto, cada mirador secreto y cada rincón que los turistas no encuentran. Sus rutas son una invitación a ver la ciudad con ojos nuevos.