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Un biólogo que lleva casi cuatro décadas escribiendo columnas sobre su ciudad acaba de reunirlas en un libro. Lo presentó en la única ermita del siglo XVI que queda en pie en El Puerto de Santa María. La asociación Voces Lectoras dio vida a los textos con una lectura teatralizada. Así, sin más, una noche de febrero se convirtió en uno de esos momentos en los que una ciudad se para a mirarse en sus propias palabras.
El libro se llama Textos Porteños. El autor es Juan Carlos Neva Delgado. Y el lugar fue la ermita de Santa Clara.
Juan Carlos Neva Delgado nació el 6 de julio de 1956 en la calle Larga número 100, en el corazón de El Puerto. Es biólogo de formación y naturalista de vocación. Durante décadas trabajó en gestión medioambiental: dirigió el IMUCONA (Instituto Municipal de Conservación de la Naturaleza), fue director-conservador del Parque Natural de la Sierra de Grazalema, director provincial de EGMASA y gerente del IMA Bahía de Cádiz. Conoce las marismas del Guadalete, Doñana, los Alcornocales y la desaparecida laguna de la Janda como quien conoce las calles de su barrio — porque, en cierto modo, lo son.
También fue cazador y jugador de rugby. Sufrió graves problemas de salud en 2012 y 2014 que le dejaron secuelas y le apartaron del trabajo. De esa pausa forzada nació una segunda vida: caminar y escribir. O más bien, escribir más, porque Neva lleva publicando columnas en prensa desde los años ochenta — en Diario de Cádiz, Andalucía Información, El País, ABC. Escribir no fue un descubrimiento tardío. Fue una constante que, tras la enfermedad, se convirtió en centro de gravedad.
En 2021 publicó Caminando durante una pandemia: Somos lo que fuimos, nacido de 120 días caminando 350 kilómetros por los senderos de El Puerto durante el confinamiento. Después vinieron Caminando con los recuerdos. Pinceladas autobiográficas (2022) y Caminando por el tiempo. ¿Quiénes somos? (2024). Los tres libros comparten el mismo enfoque: la memoria como brújula y el territorio como texto.
Textos Porteños es el cuarto. Y es diferente.
No es un libro de paseos ni de memorias. Es una selección de casi cuarenta años de columnas periodísticas — escritas, según el propio Neva, con “rabia, entusiasmo, ironía o distancia.” Publicado por Ediciones El Boletín, con portada de Alberto Castrelo y dos prólogos: uno del escritor y columnista portuense Pepe Mendoza y otro del periodista de la Cadena SER Francisco José Román.
Lo que diferencia a Textos Porteños de una antología al uso es que Neva decidió no retocar los textos. Los dejó como fueron escritos, con la urgencia y las imperfecciones del momento. Es una decisión valiente — y reveladora. Releer columnas de hace treinta años es, como él mismo reconoce, un ejercicio ambivalente: a veces gratificante, a veces incómodo. Un diálogo consigo mismo a través del tiempo.
El resultado es un híbrido entre periodismo y literatura, entre testimonio y ensayo. No es ficción ni es crónica pura. Es lo que pasa cuando alguien que observa su ciudad con atención durante décadas decide poner esas observaciones en orden y decir: esto es lo que vi. Esto es lo que pensé. Esto es lo que era El Puerto mientras lo vivíamos.
El título, además, esconde un giro que se revela en la introducción del libro — un detalle que quienes asistieron a la presentación ya conocen y que los futuros lectores descubrirán por su cuenta.
La presentación no fue en un salón de actos ni en un hotel. Fue en la ermita de Santa Clara, y eso importa.
De las quince ermitas documentadas en El Puerto de Santa María en el siglo XVI, Santa Clara es la única que sigue en pie. Se fundó en 1519 por iniciativa de Juan de la Rosa, bajo la advocación de Santa Clara de Asís, probablemente vinculada a los franciscanos que se habían establecido en la ciudad apenas dos años antes. El edificio original era una construcción sencilla de tradición mudéjar — planta rectangular, cubierta a dos aguas, la austeridad como principio.
En 1636, un terremoto sacudió la zona y dañó la estructura. La remodelación posterior le dio su actual planta de cruz latina, con brazos de distinta longitud. Fue centro de devoción popular hasta que la desamortización del siglo XIX la dejó abandonada. Hoy, recuperada, es uno de esos espacios donde la historia no está en una placa sino en las paredes mismas.
Presentar un libro sobre El Puerto en la única ermita superviviente de El Puerto no es una casualidad. Es una declaración de intenciones.
A las ocho de la tarde, en la ermita, la asociación Voces Lectoras realizó una lectura teatralizada de fragmentos del libro. No fue una presentación al uso — no hubo mesa con botellas de agua y tres señores sentados. Hubo voces dando vida a textos que fueron escritos como columnas de periódico y que, leídos en voz alta en una ermita de quinientos años, adquirieron otra dimensión.
Pepe Mendoza y Alberto Castrelo acompañaron la presentación. El público — portuenses que conocen a Neva, lectores de sus columnas, gente que sabe que la memoria de una ciudad no se conserva sola — llenó el espacio.
Vivimos en la era del contenido efímero. Un artículo se publica, se comparte, desaparece del timeline en tres horas. Las columnas de prensa — ese género que nació para ser leído hoy y olvidado mañana — rara vez sobreviven a la semana en que fueron escritas.
Cuando alguien rescata cuarenta años de columnas y las encuaderna, está haciendo algo que va más allá de la vanidad editorial. Está diciendo que lo cotidiano merece ser preservado. Que las pequeñas observaciones sobre una ciudad — sus calles, su gente, sus cambios, sus pérdidas — tienen valor cuando se acumulan. Que la suma de columnas es, en realidad, una crónica.
El Puerto tiene a Rafael Alberti y a Pedro Muñoz Seca en el panteón literario. Tiene la Fundación Alberti con sus cinco mil volúmenes en la calle Santo Domingo. Tiene librerías que resisten y bibliotecas que programan cultura. Pero también necesita esto: la escritura de alguien que no es escritor profesional, que es biólogo, que caminaba por las marismas antes de describirlas, que conoce el nombre de los pájaros y el apellido de los vecinos. Esa escritura — la del que observa desde dentro, no desde la literatura — es la que a veces captura mejor lo que un lugar realmente es.
Cuarenta años de columnas caben en un libro. Quinientos años de historia caben en una ermita. Una noche de febrero en El Puerto cabe en ambos.
"Licenciado en Historia del Arte y melómano empedernido, Álvaro escribe sobre todo lo que se mueve en la escena cultural portuense. Exposiciones, teatro, conciertos, literatura... si tiene que ver con cultura en El Puerto, Álvaro lo ha visto primero."
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