Historia

La huella inglesa en El Puerto: cuando los británicos dominaban el comercio del vino

18 de febrero de 2026
10 min de lectura
La huella inglesa en El Puerto: cuando los británicos dominaban el comercio del vino

La huella inglesa en El Puerto: cuando los británicos dominaban el comercio del vino

Calle Los Moros, ocho de la mañana. Un tipo abre el portón de una bodega y el aire escupe ese golpe húmedo a roble y levadura que solo se entiende si lo has respirado. Sobre la puerta, grabado en piedra ostionera que lleva dos siglos tomando sal: Osborne. No es un apellido de aquí. Y sin embargo, no hay nada más de aquí que eso.

El Puerto de Santa María tiene una costumbre que repite desde los fenicios: acoger al que llega, darle una copa, y esperar. Tarde o temprano se queda. Con los británicos funcionó igual, solo que estos vinieron con libras esterlinas, contactos en medio mundo y una sed de fino que cambió la ciudad para siempre.

El robo que lo empezó todo

En 1587, Sir Francis Drake arrasó el puerto de Cádiz para sabotear la Armada Invencible de Felipe II. Quemó barcos, destrozó pertrechos y, ya de paso, se largó con cerca de 2.900 barriles de vino de Jerez que esperaban en los muelles. Piratería con buen paladar.

Aquel vino llegó a las tabernas de Londres y fue un escándalo. Los ingleses ya conocían el sherry — lo llamaban sack — probablemente del español saca, la extracción de vino de la solera, aunque el origen del término sigue en disputa entre lingüistas — pero nunca lo habían catado en esa cantidad. Shakespeare le puso palabras a la fiebre a través de Falstaff, su borracho más querido, que en Enrique IV suelta aquello de: “Si tuviera mil hijos, el primer principio que les enseñaría sería renunciar a las bebidas aguadas y entregarse al sack.”

El sherry se convirtió en la bebida de la corte, de los marineros de la Royal Navy, de cualquier inglés con dos peniques para gastar. Durante más de dos siglos, Inglaterra fue el mayor comprador de vino de Jerez del planeta. Y cuando un mercado consume tanto, tarde o temprano quiere poner las manos donde se hace.

Los que vinieron a hacer negocio y se olvidaron de volver

Los primeros comerciantes británicos empezaron a aparecer por la bahía de Cádiz a lo largo del siglo XVIII. Venían con capital, con una idea clara — comprar vino en origen, saltarse intermediarios, exportar directo a Bristol, Londres, Dublín — y con la intención firme de regresar en cuanto hicieran fortuna. Ninguno cumplió.

El Puerto tenía todo lo que necesitaban: el Guadalete para cargar barriles directamente en los muelles, tradición bodeguera de siglos, y naves enormes que sobraban desde que el decreto de libre comercio de 1778 había roto el monopolio gaditano del tráfico con las Américas. Aquellos almacenes que antes olían a especias coloniales empezaron a oler a vino.

Pero lo que los retuvo no fue el negocio. Fue el poniente. Fue el patio a las siete de la tarde con una copa de fino y el rumor del Guadalete de fondo. Fue descubrir que la siesta no es pereza sino civilización. Fue la bahía de Cádiz — que llevaba siglos acogiendo a vascos, italianos, flamencos sin mirarles raro — abriéndoles la puerta como a uno más.

Y luego vino lo que siempre viene: se casaron. Con hijas de la burguesía local, con familias gaditanas que veían en aquellos rubios con libras algo más interesante que un socio comercial. En una generación, los hijos de aquellos ingleses hablaban con la ese aspirada de Cádiz y pedían pescaíto frito para merendar. La metamorfosis era irreversible.

Tres apellidos, tres maneras de echar raíces

La historia de la huella inglesa en El Puerto no se cuenta bien en abstracto. Se cuenta con nombres propios, con matrimonios, con decisiones que parecían de negocio pero eran de corazón.

Thomas Osborne Mann llegó de Exeter a finales del siglo XVIII. Joven, con oficio de comerciante, sin intención de morirse lejos de Inglaterra. Se colocó con los escoceses Sir James Duff y William Gordon, que habían montado hacia 1772 la célebre casa exportadora Duff Gordon. Thomas aprendió el negocio desde la bota: qué suelo da mejor uva, cómo se habla con los capataces, cuándo cata bien una solera. En 1804 empezó a embarcar sus propios caldos. Hasta ahí, puro comerciante. Lo que lo cambió todo fue casarse en 1825 con Aurora Böhl de Faber, hija del cónsul alemán en Cádiz. Con ese enlace, Osborne dejó de ser un inglés en España. Se mudó a El Puerto. Ya no se fue. En 1833 se hizo socio de Duff Gordon; en 1872, la familia compró la empresa entera. El que vino a hacer fortuna fundó una dinastía. Su toro negro — esa silueta recortada contra el cielo en las carreteras españolas desde los años cincuenta — es probablemente el símbolo más reconocible de España. Con apellido inglés.

Los Terry ni siquiera venían de Inglaterra. Eran irlandeses y católicos — que en la Irlanda del siglo XVIII era una combinación que te arruinaba la vida. Salieron hacia 1774, hartos de las leyes penales británicas, y cuando llegaron a Cádiz encontraron algo que no esperaban: sol, misa sin esconderse, y una bahía donde ser católico no era un problema sino lo normal. Imagina el alivio. Empezaron como consignatarios moviendo mercancía entre puertos atlánticos, y el apellido fue echando raíces a lo largo de más de un siglo — metiéndose en la vida social, en las instituciones, en las fiestas patronales — hasta que los Terry establecieron hacia finales del siglo XIX la bodega que les daría nombre definitivo. Lo que distinguía a los Terry era esa integración total: algunos fueron condecorados con la Orden de Santiago. Para los años sesenta del siglo XX, su brandy Centenario estaba en todos los aparadores de España. En casa de tu abuelo había una botella, seguro — esa que solo se abría cuando venía alguien de fuera o había algo que celebrar de verdad.

Los Grant son otra cosa. Si Osborne es el imperio y Terry la saga, Bodegas Grant es la trinchera. Edmundo Grant Falconell, de ascendencia escocesa, la fundó hacia 1841 en la calle Santo Domingo, pleno centro. Desde entonces: la misma familia, el mismo sitio, el mismo método de criaderas y soleras. Sin fusiones, sin fondos de inversión, sin ceder. Hoy la llevan Edmundo Grant y su hijo Edmundo — cuarta y quinta generación. Su fino tiene ese punto salino que solo da la cercanía al Guadalete y al Atlántico: no es un vino que se anuncia, es un vino que se descubre. Y los Grant, a estas alturas, son tan gaditanos como la flor de levadura que crece sobre sus botas. El apellido escocés se fue diluyendo en generaciones de acentos cerrados, Ferias de Primavera, veranos en la Puntilla y domingos de pescaíto. Si los buscas, hablan como cualquier vecino de la calle Larga. Solo el nombre sobre la puerta delata de dónde vinieron.

Más que libras: lo que cambiaron por dentro

Los británicos no solo trajeron capital. Trajeron rigor: controles de calidad, marcas reconocibles, redes de distribución que conectaban un muelle del Guadalete con tabernas de medio mundo. El sistema de criaderas y soleras ya existía antes de que ellos llegaran, pero fue la exigencia de los mercados ingleses — que querían que cada botella supiera exactamente igual que la anterior — lo que lo estandarizó y perfeccionó.

Las bodegas que definen la silueta de El Puerto — esas naves enormes con techos de quince metros donde el aire circula y la flor hace su trabajo — se construyeron en buena parte con dinero británico. Son catedrales del vino levantadas por gente que aprendió a querer esta tierra como propia.

Y luego están las historias que no salen en ningún libro de historia. Las que te cuenta cualquier portuense mayor de cincuenta si le preguntas por “los ingleses de las bodegas”: que vivían en casas palacio del centro, que jugaban al polo en fincas a las afueras, que celebraban la Nochebuena con plum pudding y fino a partes iguales. Que sus hijos se sabían las letras del Carnaval. Que cuando te cruzabas con ellos por la calle Larga, lo único extranjero era el apellido — todo lo demás era portuense hasta la médula.

Esa es la historia real de la huella inglesa. No una conquista económica. Una asimilación lenta, dulce, copa a copa, siesta a siesta. Vinieron a sacar vino y les salió una patria.

Lo que queda cuando pasa la fiebre

La edad dorada del sherry se apagó en la segunda mitad del siglo XX. Los gustos cambiaron, el fino dejó de ser obligatorio en las mesas inglesas, y muchas bodegas cerraron o fueron tragadas por grupos grandes. El Puerto perdió parte de aquella efervescencia.

Pero la huella no se borra con una crisis comercial. Osborne sigue en El Puerto, sigue siendo una de las mayores empresas de bebidas de España. Los Grant siguen levantando la persiana cada mañana en Santo Domingo. El Castillo de San Marcos, que pasó por manos de los Caballero — quienes adquirieron la marca del bodeguero inglés John William Burdon, fundada en 1821 — hoy ofrece visitas donde la historia medieval y la cultura del vino se mezclan como en una buena solera.

Y en cada copa de fino que se sirve al atardecer en la plaza de la Herrería, hay un eco de aquellos tipos que cruzaron el Canal de la Mancha pensando en hacer negocio y acabaron con nietos que pronunciaban su apellido con acento gaditano.

Visita práctica

  • Bodegas Osborne: Calle Los Moros, 7. Visitas guiadas por la historia de la familia y el proceso de crianza. Desde 12 €, con reserva previa en su web o llamando al 956 869 000.
  • Bodegas Grant: Calle Santo Domingo. Visitas con cita previa, íntimas y sin guion enlatado. La bodega auténtica, lejos de las rutas masificadas. Teléfono: 956 870 026.
  • Castillo de San Marcos y Bodegas Caballero: Plaza Alfonso X el Sabio. La visita mezcla el castillo del siglo X con la bodega que heredó parte del legado británico. Consultar horarios en la web del Castillo de San Marcos.
  • Ruta libre por el centro: Calles Los Moros, Santo Domingo, Larga y la zona del Guadalete. Busca los nombres anglosajones grabados en piedra ostionera sobre los portones de las bodegas. Están ahí, resistiendo el salitre desde hace dos siglos.
  • Consejo: Pregunta en la Oficina de Turismo por la ruta de los comerciantes. Hay guías locales que conocen detalles de archivo sobre las familias británicas que no aparecen en ningún folleto — ni en ningún artículo.

El dato curioso

Drake robó el vino. Los Osborne, los Terry y los Grant lo hicieron suyo. Pero lo verdaderamente curioso no es la historia del negocio — es la velocidad de la metamorfosis. Thomas Osborne Mann llegó siendo un comerciante inglés que echaba de menos la lluvia de Exeter. Bastaron dos generaciones para que sus nietos celebraran la Feria con el mismo fervor que cualquier vecino, se presentaran como portuenses antes que como ingleses, y miraran raro a quien sugiriera que aquello no era su tierra.

Es la gran paradoja de la huella británica en El Puerto: los que vinieron a sacar vino acabaron echando raíces. Esta ciudad lleva siglos haciendo lo mismo con todo el que llega — darle una copa, sentarlo a la sombra y esperar. Funciona siempre. Copa a copa, uno acaba siendo de aquí.


Don Rafael Mendoza

Don Rafael Mendoza

Historiador Local

Catedrático jubilado y autor de tres libros sobre la historia portuense, Don Rafael ha dedicado su vida a documentar el patrimonio de El Puerto. Desde los fenicios hasta las bodegas centenarias, no hay piedra de esta ciudad que no conozca su historia.