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Los gremios pesqueros de El Puerto: ocho siglos de red, lonja y resistencia

17 de febrero de 2026
12 min de lectura
Los gremios pesqueros de El Puerto: ocho siglos de red, lonja y resistencia

Los gremios pesqueros de El Puerto: ocho siglos de red, lonja y resistencia

Hay una ciudad dentro de El Puerto de Santa María que no sale en las guías turísticas. No huele a fino ni a jazmín. Huele a sal, a gasóleo marino, a cajas de plástico llenas de boquerón. Es la ciudad que madruga antes que nadie — a las cuatro, a las tres, a veces sin haberse acostado — y que lleva siglos haciendo exactamente lo mismo: salir a faenar, volver con lo que el mar quiera dar, y venderlo antes de que el sol caliente demasiado.

Los pescadores de El Puerto no son una postal. Son una estructura económica, social y cultural que lleva funcionando desde la Edad Media, organizada en cofradías y gremios que han sobrevivido a guerras, plagas, imperios que se desmoronaban y regulaciones que llegaban desde capitales donde nunca han visto una traíña. Ahora, esa estructura se enfrenta a su prueba más difícil.

De los gremios medievales a las cofradías modernas

La tradición gremial pesquera en la costa atlántica andaluza hunde sus raíces en el siglo XII. En la Corona de Castilla, los pescadores se organizaban en hermandades y cofradías — instituciones que eran a la vez sindicato, mutualidad, asociación religiosa y lobby político. No existía la palabra “lobby” entonces, pero la función era la misma: defender los intereses del oficio frente a señores feudales, concejos municipales y cualquiera que quisiera meter la mano en la cesta del pescado.

El Puerto de Santa María, por su posición en la Bahía de Cádiz — puerto natural, desembocadura del Guadalete, acceso directo a los caladeros atlánticos — fue desde muy temprano un centro pesquero de primer orden. La documentación histórica registra una Cofradía de San Telmo, patrón de los marineros, que funcionaba como eje vertebrador de la comunidad pesquera local. San Telmo no era una devoción casual: encomendarse al santo antes de salir a faenar era el acto fundacional de cada jornada. La fe y el trabajo iban en el mismo barco, literalmente.

Estas cofradías cumplían funciones que hoy repartimos entre media docena de instituciones. Regulaban quién podía pescar y dónde. Organizaban la venta en la lonja. Mantenían un fondo común para viudas y huérfanos de marineros muertos en el mar — que no eran pocos. Negociaban con las autoridades locales las condiciones de acceso al puerto. Y, sobre todo, creaban una identidad colectiva: ser pescador en El Puerto no era solo un trabajo, era pertenecer a algo.

La lonja y el muelle: el corazón que sigue latiendo

A las seis de la mañana, cuando el resto de la ciudad duerme o empieza a despertar con el primer café, la zona portuaria de El Puerto de Santa María ya lleva horas en marcha. Los barcos que salieron de madrugada regresan con las bodegas llenas — o medio vacías, que el mar no garantiza nada — y comienza un ballet que se repite desde hace generaciones: descarga, clasificación, pesaje, y subasta en la lonja. Todo rápido, todo eficiente, porque el pescado fresco no espera.

El Puerto mantiene una infraestructura pesquera completa: muelle de descarga, lonja de subasta y mercado mayorista. La Bahía de Cádiz en su conjunto — con las instalaciones de Cádiz capital, El Puerto, Rota y Sanlúcar — mueve cifras que muchos desconocen: más de 19.000 toneladas de pescado y marisco al año, con un valor de mercado que ronda los 45 millones de euros. Es la cuarta zona lonjeril más importante de España por volumen.

Los barcos que operan desde El Puerto capturan fundamentalmente merluza, boquerón, caballa y especies de marisco como las cigalas de coral — un producto premium que alcanza precios altos en los mercados especializados. De esa lonja sale buena parte del pescado que acaba en los restaurantes de la Ribera del Marisco, en los puestos del mercado de abastos y en las mesas de media Bahía. Es una cadena corta — del barco al plato en horas — que define la gastronomía local tanto como las bodegas de fino.

Pero las cifras globales ocultan una tendencia que preocupa. La flota pesquera española se ha contraído un 12,3% en la última década: de casi 10.000 embarcaciones en 2013 a menos de 8.700 en 2022. Las capturas han caído un 21% en peso y un 18% en valor. No es una crisis que esté por venir. Ya está aquí.

Las cofradías de pescadores actuales — herederas directas de aquellas hermandades medievales — han evolucionado hacia organizaciones que combinan la representación profesional con la prestación de servicios. Ya no controlan el acceso al oficio como hacían en el siglo XV, pero siguen siendo el punto de referencia para todo lo que tiene que ver con la pesca en la zona: gestión de la lonja, tramitación administrativa, formación, y esa función menos visible pero fundamental de mantener la cohesión de una comunidad que se siente cada vez más acorralada.

Las presiones: un cerco que se cierra

Si el mar fuera el único problema de los pescadores de El Puerto, la cosa tendría arreglo. Pero el cerco es múltiple, y aprieta por todos los flancos.

El combustible que se come el margen

El gasóleo marino ha pasado de representar entre el 30 y el 40% de los costes operativos a superar el 60% en los peores momentos, especialmente tras el estallido de la guerra en Ucrania y la volatilidad energética que trajo consigo. Esto no es un dato abstracto: significa que un patrón de barco puede salir a faenar, trabajar doce horas, volver con la bodega llena, y descubrir en la lonja que lo que ha sacado apenas cubre el gasóleo que ha quemado. Cuando eso pasa una semana, se aguanta. Cuando pasa un mes, la gente empieza a amarrar los barcos.

La regulación que viene de lejos

La Política Pesquera Común de la Unión Europea establece cuotas de captura, vedas temporales y restricciones de artes de pesca que se negocian en Bruselas — a 2.000 kilómetros de la lonja de El Puerto. Los pescadores locales reconocen la necesidad de proteger los recursos, pero señalan una desconexión crónica entre las decisiones regulatorias y la realidad de los caladeros. A eso se suman las complicaciones post-Brexit en las aguas compartidas y las tensiones recurrentes sobre las cuotas de determinadas especies.

El mar que cambia

El cambio climático no es un concepto teórico para quien vive del mar. Las temperaturas del agua en el golfo de Cádiz están subiendo, y con ellas cambian los patrones migratorios de las especies comerciales. Peces que antes eran habituales aparecen con menos frecuencia o en épocas distintas. Especies nuevas — algunas tropicales — empiezan a aparecer en las redes. Eso no es solo un dato para biólogos marinos: es un pescador mirando la bodega y no reconociendo la mitad de lo que ha sacado. ¿Se vende eso? ¿A qué precio? ¿Quién lo compra?

La juventud que no viene

Quizás la presión más silenciosa y más letal. La pesca es un oficio duro, mal pagado en relación con el esfuerzo, y con una imagen social que no atrae. Los hijos de los pescadores miran hacia otros sectores. Las cofradías lo saben y algunas han puesto en marcha programas de formación y de relevo generacional, pero el problema es estructural: si un joven puede ganarse la vida en hostelería o en logística sin madrugar a las tres de la mañana ni jugarse el tipo con un temporal de Levante, ¿por qué iba a elegir el mar?

Adaptación: lo que ya se está haciendo

Sería injusto pintar un panorama solo de declive. Las cofradías y los pescadores de la Bahía de Cádiz llevan años adaptándose, con la tenacidad que caracteriza a quien lleva siglos peleando con el mar.

Diversificación de especies y artes. Ante el cambio en las poblaciones de peces, algunos armadores están explorando capturas de especies antes ignoradas y ajustando los artes de pesca a las nuevas realidades del caladero. No es sencillo — cada arte requiere conocimientos específicos, inversión en material y, a menudo, permisos regulatorios —, pero la alternativa es quedarse quieto y ver cómo el negocio desaparece.

Pesca-turismo. Iniciativas que combinan la jornada de pesca real con la presencia de visitantes a bordo. Es una fuente de ingresos complementaria que además cumple una función de divulgación: cuando un turista sube a un barco a las cinco de la mañana y vuelve empapado, agotado y con un conocimiento nuevo de lo que significa pescar, esa experiencia vale más que cien campañas de concienciación.

Venta directa y circuitos cortos. Algunas cofradías están explorando canales de comercialización que acorten la cadena entre el barco y el consumidor final, reduciendo la dependencia de intermediarios y mejorando los márgenes para el pescador. Los mercados de proximidad y la venta directa en lonja a particulares son fórmulas que ganan terreno poco a poco.

Colaboración con la ciencia. Las cofradías de la zona participan en programas de seguimiento oceanográfico y de poblaciones pesqueras en colaboración con instituciones como la Universidad de Cádiz y el Instituto Español de Oceanografía. Los pescadores aportan un conocimiento empírico del mar que ningún satélite puede replicar: saben cuándo cambian las corrientes, cuándo desaparece una especie, cuándo algo en el fondo no está como debería.

La vida que no se ve: el día a día de una comunidad pesquera

Detrás de las estadísticas y las regulaciones hay personas que viven en un ritmo radicalmente distinto al del resto de la ciudad. Mientras El Puerto se llena de terrazas al atardecer y de turistas que pasean por el centro, los pescadores calculan mareas, revisan redes y preparan la siguiente salida. Sus horarios son los del mar, no los del reloj.

Las familias pesqueras de El Puerto forman una comunidad dentro de la comunidad. Se conocen entre sí desde hace generaciones. Los apellidos se repiten en los registros de la cofradía década tras década. Los conocimientos no se aprenden en ninguna escuela oficial — se heredan. Un padre enseña a su hijo a leer las corrientes, a saber por el color del agua si hay banco de boquerón debajo, a reparar un arte de arrastre con las manos llenas de sal y frío. Ese saber acumulado, transmitido de persona a persona durante siglos, no tiene equivalente académico. Y cuando se pierde, se pierde para siempre.

Las mujeres de la comunidad pesquera han desempeñado históricamente un papel esencial que rara vez se reconoce: en el procesamiento del pescado, en la venta en los mercados, en el mantenimiento de las redes, y en la gestión económica de las familias durante las ausencias de los marineros. En muchas cofradías de la costa gaditana, las mujeres han sido y siguen siendo el pilar silencioso que sostiene la estructura cuando los barcos están fuera.

Por qué importa: identidad, no nostalgia

Es fácil caer en el relato nostálgico. Los viejos pescadores, la tradición que se pierde, la modernidad que arrasa. Pero lo que está en juego en El Puerto no es solo una profesión. Es un pilar de la identidad de la ciudad.

El Puerto de Santa María se llama así por el puerto. No por las bodegas — que vinieron después. No por los palacios barrocos — que se construyeron con dinero del comercio marítimo. No por el turismo de playa — que tiene medio siglo. El puerto pesquero es el origen, la razón fundacional de que esta ciudad exista donde existe. Sin esa actividad, El Puerto se convierte en una más de las ciudades costeras andaluzas con centro histórico bonito y economía dependiente del turismo estacional.

Las cofradías pesqueras son el último eslabón de una cadena que conecta El Puerto de hoy con el de los gremios medievales, con el de los marineros que abastecían las flotas de Indias, con el de los pescadores que alimentaban a una Bahía entera cuando no existían camiones frigoríficos ni supermercados. Romper esa cadena no es perder un sector económico. Es perder una parte de lo que hace que El Puerto sea El Puerto.

Información práctica

  • Lonja de El Puerto de Santa María: Ubicada en la zona portuaria. Las subastas de pescado fresco se realizan por la mañana, tras la llegada de los barcos.
  • Mercado de abastos: En el centro de la ciudad, donde se puede comprar pescado fresco de la Bahía directamente a los puestos.
  • Ribera del Marisco: La zona más conocida para degustar el pescado y marisco de la lonja en los establecimientos de la zona.
  • Para más información sobre las cofradías de pescadores y la actividad pesquera de la Bahía de Cádiz, se pueden consultar las publicaciones de la Junta de Andalucía sobre el sector pesquero y los informes del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación.

Lo que debes saber

  • Las cofradías pesqueras de El Puerto son herederas de una tradición gremial que se remonta al siglo XII, y siguen siendo el eje organizativo de la comunidad pesquera local.
  • La Bahía de Cádiz es la cuarta zona lonjeril de España por volumen, pero la flota se ha reducido más de un 12% en la última década y los costes operativos se han disparado.
  • El futuro de la pesca en El Puerto depende de la adaptación — diversificación, pesca-turismo, venta directa, colaboración científica — y de que la sociedad reconozca que perder el sector pesquero no es perder un oficio: es perder la razón de ser de la ciudad.

Ana Belén Ortiz

Ana Belén Ortiz

Periodista de Actualidad

Periodista con más de diez años cubriendo la actualidad de la Bahía de Cádiz. Ana Belén tiene el pulso de lo que pasa en El Puerto: desde los plenos del Ayuntamiento hasta las obras que cambian la ciudad. Su libreta siempre está lista.