Historia

El casco bodeguero: cómo el vino de Jerez forjó el barrio más singular de El Puerto

17 de febrero de 2026
8 min de lectura
El casco bodeguero: cómo el vino de Jerez forjó el barrio más singular de El Puerto

El casco bodeguero: cómo el vino de Jerez forjó el barrio más singular de El Puerto

Hay barrios que crecen alrededor de una iglesia. Otros alrededor de un mercado, un puerto, una fortaleza. El casco bodeguero de El Puerto de Santa María creció alrededor de una obsesión: el vino. Y si caminas hoy por sus calles —Los Moros, Santo Domingo, Valdés, la ribera del Guadalete— lo que ves no es un casco histórico cualquiera. Es un distrito industrial disfrazado de centro urbano, donde cada portón enorme, cada nave con techos de quince metros, cada patio con olor a roble viejo cuenta la misma historia: aquí el jerez no fue un negocio. Fue el urbanismo.

Un barrio diseñado por barricas

Lo que hoy llamamos casco bodeguero no se planificó sobre un plano. Se fue armando según dictaba la lógica del vino. Las bodegas necesitaban tres cosas: ventilación constante para que el velo de flor prosperase, proximidad al río para embarcar las botas, y naves enormes donde apilar soleras de tres y cuatro alturas.

Esas exigencias crearon una tipología urbana que no existe en ningún otro lugar de Andalucía. Las naves bodegueras —con sus techos de par y nudillo altísimos, sus muros gruesos de piedra ostionera y sus ventanales orientados al poniente para capturar la brisa del Atlántico— se intercalaron con las casas señoriales de los propios bodegueros. El resultado fue un barrio donde lo doméstico y lo productivo compartían manzana. En la misma calle podías tener un palacio con escudo heráldico y, tres portones más allá, una nave donde dormían mil botas de fino.

Esta convivencia dio al casco bodeguero su escala peculiar. No tiene la monumentalidad solemne de un barrio palaciego ni el desorden funcional de un polígono. Tiene algo intermedio: una grandeza que huele a trabajo. Portones lo bastante anchos para meter un carro de barricas. Patios diseñados tanto para el descanso como para la maniobra. Techos que se elevan no por vanidad, sino porque el aire necesita circular para que la flor no muera.

De almacenes coloniales a catedrales del fino

La historia del casco bodeguero tiene dos actos. El primero es americano. Durante los siglos XVI y XVII, El Puerto era un nudo del comercio con las Indias. Los Cargadores a Indias —comerciantes que controlaban el tráfico transatlántico— levantaron casas palacio con almacenes en planta baja donde guardaban especias, telas y plata. Las calles del centro se llenaron de naves con techos altos y buenos accesos al río.

El segundo acto es vinícola. Cuando el decreto de libre comercio de 1778 rompió el monopolio gaditano y el tráfico colonial se repartió entre múltiples puertos españoles, El Puerto perdió su ventaja. Las grandes casas de comercio empezaron a vaciarse. Los almacenes olían a polvo.

Pero donde unos veían ruina, los bodegueros vieron oportunidad. Aquellas naves enormes, ventiladas, próximas al agua, eran perfectas para la crianza biológica. Durante el siglo XVIII y sobre todo el XIX, a medida que la demanda británica de sherry se disparaba, comerciantes locales y extranjeros fueron reconvirtiendo los almacenes coloniales en bodegas. La piedra ostionera que había olido a canela empezó a oler a levadura. El barrio cambió de mercancía sin cambiar de estructura.

La era dorada: cuando el jerez construía ciudades

El siglo XIX fue el momento en que el casco bodeguero alcanzó su forma definitiva. El comercio del vino generaba una riqueza que se reinvertía directamente en el tejido urbano. Los bodegueros no solo criaban vino: construían. Nuevas naves de crianza se levantaron junto a las antiguas, cada una más ambiciosa que la anterior. Se ampliaron muelles en el Guadalete para agilizar la carga de barricas rumbo a Bristol, Londres y las Américas.

Y no solo bodegas. La riqueza del jerez financió iglesias, hospitales, alamedas y paseos. El Puerto se ganó el apodo de Ciudad de los Cien Palacios en buena parte porque el dinero del vino pagó la factura. Las familias bodegueras —Osborne, Terry, Caballero, los Grant— vivían a tiro de piedra de sus naves, y sus casas palacio elevaron el nivel arquitectónico de todo el barrio.

Pasear hoy por la calle Los Moros o por Santo Domingo es ver ese legado intacto en la piedra. Las fachadas de las casas señoriales, con sus escudos y sus rejas de forja, alternan con los portones industriales de las bodegas. Es un paisaje que mezcla elegancia y pragmatismo con una naturalidad que solo se consigue cuando ambas cosas llevan dos siglos siendo vecinas.

Anatomía de una nave bodeguera

Quien no haya entrado nunca en una bodega del Marco de Jerez no puede imaginar la escala de estos edificios. La nave bodeguera típica del casco portuense tiene techos que superan los doce metros. Los muros de piedra ostionera —esa caliza porosa formada por conchas fosilizadas que es el material constructivo por excelencia de la bahía de Cádiz— actúan como reguladores térmicos naturales: absorben la humedad del Atlántico y mantienen el interior fresco incluso en pleno agosto.

Los ventanales, situados en lo alto y orientados a poniente y sur, se protegen con esteras de esparto que filtran la luz sin bloquear el aire. El suelo es de albero —arena amarilla compactada— que se riega periódicamente para mantener la humedad relativa alta. Todo en la nave está pensado para un solo inquilino: el velo de flor que cubre el vino y lo transforma lentamente en fino.

Desde fuera, estas naves son austeras. Muros blancos, algún escudo sobre el portón, silencio. Desde dentro, son catedrales laicas donde las filas de botas apiladas crean una perspectiva que se pierde en la penumbra. El olor —ese golpe de roble, levadura y sal que te recibe al cruzar el umbral— es quizá la experiencia sensorial más característica de El Puerto. Si la ciudad tuviera un perfume, sería ese.

El declive y las naves vacías

La segunda mitad del siglo XX fue dura para el casco bodeguero. El consumo de jerez cayó en los mercados internacionales. Muchas bodegas pequeñas cerraron. Las grandes se fusionaron o fueron absorbidas por grupos multinacionales que no siempre mantenían la producción en El Puerto.

El resultado fue un paisaje de naves vacías. Portones cerrados con candado. Techos que empezaban a ceder. Patios donde la higuera crecía entre las grietas del albero. Para quien paseaba por el casco bodeguero en los años ochenta o noventa, la impresión era agridulce: la grandeza de la arquitectura seguía ahí, pero despojada de la actividad que le daba sentido.

Este declive, sin embargo, tuvo un efecto paradójico: preservó el barrio. Mientras otras ciudades demolían sus barrios industriales para levantar bloques de pisos, El Puerto no tuvo ni el dinero ni la urgencia para hacerlo. Las naves se quedaron ahí, esperando, con sus muros gruesos y sus techos imposibles intactos. La crisis protegió lo que la prosperidad habría destruido.

El casco bodeguero hoy: una reconversión en marcha

Caminar por el casco bodeguero en 2026 es presenciar una transformación silenciosa. Algunas bodegas siguen criando vino como llevan haciendo generaciones —Osborne en Los Moros, los Grant en Santo Domingo, Gutiérrez Colosía junto al Guadalete—. Pero otras naves han encontrado segundas vidas que habrían desconcertado a los capataces del XIX.

Hay naves reconvertidas en espacios culturales que acogen exposiciones y conciertos aprovechando su acústica natural. Otras albergan restaurantes donde la cocina gaditana se sirve bajo techos que vieron pasar millones de botas de fino. Algunos patios bodegueros se han abierto al público como plazas semiprivadas, esos rincones de sombra y silencio que son el antídoto perfecto al ruido de la calle Larga.

La reconversión no está exenta de tensiones. Cada nave que se transforma plantea la misma pregunta: ¿cuánto se puede cambiar sin perder lo que hace especial a estos edificios? Los mejores proyectos son los que respetan la escala y la lógica del espacio — los que entienden que un techo de quince metros no necesita un falso techo, y que un suelo de albero tiene más dignidad que cualquier gres importado.

Por qué hay que caminarlo

El casco bodeguero no se entiende desde un coche ni desde una terraza. Se entiende caminando. Entrando por la calle Larga y desviándote hacia Los Moros. Mirando hacia arriba cuando pasas bajo un portón y calculando cuántas botas cabrían ahí dentro. Asomándote al Guadalete desde la avenida Bajamar e imaginando los muelles cargados de barricas rumbo a Inglaterra.

No necesitas guía, aunque ayuda. La Oficina de Turismo en la Plaza del Castillo puede orientarte. Pero el mejor plan es perderte. El casco bodeguero tiene esa cualidad rara de los barrios con carácter: cada calle ofrece algo que no esperabas. Un escudo heráldico que no habías visto. Un portón entreabierto que deja escapar un olor a roble. Una placa de cerámica con un apellido escocés sobre una fachada encalada.

Y cuando lleves una hora caminando, cuando la piedra ostionera y los techos imposibles se te hayan metido en los ojos, siéntate en cualquier bar del centro y pide un fino. Estará frío. Sabrá a almendra y sal. Y entenderás, con ese primer sorbo, por qué este barrio existe. No fue el vino el que se adaptó a la ciudad. Fue la ciudad la que se construyó alrededor del vino.

Ese fino que tienes en la mano es el plano del barrio que acabas de caminar.


Don Rafael Mendoza

Don Rafael Mendoza

Historiador Local

Catedrático jubilado y autor de tres libros sobre la historia portuense, Don Rafael ha dedicado su vida a documentar el patrimonio de El Puerto. Desde los fenicios hasta las bodegas centenarias, no hay piedra de esta ciudad que no conozca su historia.