La máscara y la bota: seis siglos de Carnaval en El Puerto de Santa María
Antes de que existieran las chirigotas, antes de que nadie cantara un pasodoble en la Plaza del Castillo, el Carnaval ya estaba aquí. Llegó por mar, como casi todo lo que ha definido a El Puerto de Santa María: con acento extranjero, olor a vino y la intención de quedarse.
Los genoveses traen la fiesta
La historia del Carnaval en la Bahía de Cádiz no empieza en Cádiz. Empieza en Génova.
Tras la caída de Constantinopla en 1453, los comerciantes ligures buscaron nuevas rutas hacia Occidente. La Bahía de Cádiz — bien comunicada con el norte de África y las costas atlánticas — se convirtió en su destino natural. Para 1484, al menos catorce familias genovesas estaban establecidas de forma permanente en El Puerto de Santa María, según la documentación notarial de la época.
Con ellos llegaron mercancías, capitales y algo más difícil de cuantificar: costumbres. Los antifaces, las caretas, las serpentinas y los papelillos — lo que hoy llamamos confeti — son herencia directa del carnavale italiano. El historiador gaditano Agustín de Horozco, a finales del siglo XVI, dejó los primeros testimonios escritos de celebraciones de Carnestolendas en la zona: la fiesta llevaba ya décadas arraigada.
No fue una importación de museo. Los genoveses eran comerciantes, no misioneros culturales. Si el Carnaval prendió en la Bahía fue porque encontró terreno fértil: una sociedad portuaria, mestiza por vocación, donde la convivencia entre culturas era condición de supervivencia económica. El Puerto del siglo XV ya era un lugar donde se negociaba en varios idiomas y se celebraba en varios registros.
La ciudad de las cien bodegas celebra a su manera
Lo que distingue al Carnaval portuense del gaditano no es una cuestión de tamaño. Es una cuestión de quién pagaba la fiesta.
En Cádiz, el Carnaval se consolidó como expresión popular: la calle como escenario, la sátira como herramienta, el pueblo riéndose del poder. En El Puerto, la historia tomó un camino distinto. La ciudad no era una capital administrativa; era un centro bodeguero. Y el vino lo impregnaba todo, incluida la fiesta.
Hacia 1840, El Puerto contaba con unos setenta exportadores de vino — más que el propio Jerez. Las grandes familias bodegueras — Osborne, Duff Gordon, Terry, Caballero — no solo dominaban la economía: definían el ritmo social de la ciudad. Cuando Henry Vizetelly visitó El Puerto en el otoño de 1875 para documentar la industria del jerez, describió una ciudad que era “como Jerez en pequeña escala,” con veinte mil botas de vino saliendo cada año hacia los puertos del mundo.
En ese contexto, el Carnaval portuense adquirió un carácter propio. Mientras en Cádiz la fiesta era del pueblo contra el poder, en El Puerto la fiesta ocurría alrededor del poder económico del vino. Las bodegas eran el centro de gravedad social de la ciudad, y las celebraciones — fueran carnavalescas o de cualquier otra índole — orbitaban inevitablemente en torno a ellas. No es que los bodegueros controlaran el Carnaval; es que en una ciudad donde todo pasaba por las bodegas, la fiesta no podía ser una excepción.
Los años del silencio
El 5 de febrero de 1937, en plena Guerra Civil, una orden publicada en el Boletín Oficial del Estado prohibió la celebración del Carnaval en toda España. El general gobernador Luis Valdés la había firmado dos días antes. Terminada la guerra, Serrano Suñer, como ministro de la Gobernación, ratificó la prohibición en enero de 1940.
El Carnaval no desapareció. Se disfrazó.
A partir de 1949, la presión popular logró una recuperación tímida bajo un nuevo nombre: Fiestas Típicas. Las letras pasaban por censura. Los disfraces estaban prohibidos. Lo que sobrevivió fue lo más difícil de prohibir: la copla cantada en voz baja en un patio, el ingenio compartido entre vecinos que sabían exactamente de qué se reían aunque no pudieran decirlo en voz alta.
En El Puerto, como en toda la Bahía, ese periodo dejó una cicatriz particular. La ciudad que había construido su identidad festiva alrededor del vino y el comercio vio cómo el régimen amputaba precisamente lo que la hacía singular: la capacidad de celebrar sin pedir permiso.
El 15 de febrero de 1977, el Carnaval volvió a llamarse Carnaval. Un año después, el 5 de febrero de 1978, se celebró un entierro simbólico de las Fiestas Típicas Gaditanas. La fiesta había sobrevivido cuarenta años de clandestinidad.
Lo que queda de todo aquello
El Carnaval que se vive hoy en El Puerto — las comparsas en la Plaza del Castillo, el carrusel de coros por las calles del centro, la Gañotá del domingo de cierre — es heredero directo de esas seis capas de historia. Del comerciante genovés que trajo la careta. Del bodeguero del XIX que celebraba las buenas cosechas con la ciudad entera. Del vecino que cantó coplas prohibidas en un garaje durante cuarenta años.
Lo que hace diferente al Carnaval portuense no es que sea más pequeño que el de Cádiz, ni más íntimo, ni más auténtico — esas son comparaciones perezosas. Lo que lo hace diferente es su ADN: una fiesta nacida en un puerto comercial, criada en bodegas y curtida en la resistencia. Cada copla que se canta hoy en una esquina del centro histórico lleva dentro, lo sepa o no quien la canta, seis siglos de obstinación festiva.
Y eso, por mucho que cambie el programa de cada año, no lo prohibe nadie.
Don Rafael Mendoza
Historiador LocalCatedrático jubilado y autor de tres libros sobre la historia portuense, Don Rafael ha dedicado su vida a documentar el patrimonio de El Puerto. Desde los fenicios hasta las bodegas centenarias, no hay piedra de esta ciudad que no conozca su historia.